Inmortales con fecha de caducidad

ÓSCAR FAJARDO

Existe un no saber que es imprescindible y fundamental para nuestro progreso, para nuestra capacidad de innovar, de crear, de cambiar y de evolucionar. Pero ¿no eran –se dirán ustedes– el conocimiento y el saber las fuentes primordiales para conseguir todo ello? Sí… y no. Todo saber parte siempre del no saber. La ausencia del conocimiento de algo, combinada con la necesidad intrínseca del hombre de conocer, nos conduce a la generación de saber. Pero por encima de todos estos no saberes y saberes puntuales y contingentes que más pronto o más tarde son superados, existe una madre del no saber que jamás es sobrepasada, salvo en los casos del suicida que marca su hora (y a veces ni siquiera) o del condenado a muerte, al que es marcada su hora.

Ninguno de nosotros sabe la fecha exacta en la que morirá. Todos tenemos la certeza absoluta de que vamos a morir, poseemos ese conocimiento, y tenemos una incerteza absoluta acerca del momento en el que nuestra muerte se producirá. Pero es, curiosamente, ese no saber y esa incerteza la que hace la vida humana tal y como la entendemos y vivimos. En nuestro día a día, nos interpretamos inconscientemente como inmortales, y la muerte como certeza que ha de producirse, apenas sí se nos aparece en nuestras diatribas terrenales.

En el ser humano y en su vida diaria gobierna fundamentalmente el no saber de esa fecha de nuestra muerte, la incerteza del momento final. Y ese gobierno del no saber nos conduce, en cierta manera, a vivir como inmortales, pues el desconocimiento de dicho final, del cuándo, del cómo y del dónde, nos hace ignorarlo y vivir como inmortales.

Vivimos como inmortales con fecha de caducidad, y solo así podemos entender nuestros apegos, nuestros disgustos y berrinches, nuestras preocupaciones, nuestras banalidades y, sobre todo, nuestro impulso por no dejarnos ir, por buscar siempre el progresar, el ir un poco más allá, el no quedarnos como agua estancada sino fluir más bien como un río. Es ese no saber el que mueve nuestras pulsiones ‘más humanas’, nuestros pecados capitales, y también nuestras virtudes capitales.

Esa inconsciencia de la muerte, ese vivir como inmortales, ese no saber, es curiosamente el que nos dirige a todos los saberes contingentes y puntuales, al afán de conocimiento y superación y a la perseverancia.

A los seres humanos nos gustan las certezas, pero solo aquellas que nada tienen que ver con nuestro final. Si de ese final tratamos, preferimos el desconocimiento, el no saber. Solo así se explica que teniendo la certeza máxima que es la seguridad de la muerte, abracemos con mayor fragor e intensidad la incerteza del desconocimiento del momento y la fecha, y sobre ella construyamos toda nuestra forma de vivir. Actuamos como si las cosas fueran para siempre, aunque es seguro que nosotros no lo seremos. Y, a pesar de ello, aquí estamos, abrazándonos y peleándonos, discutiendo y acordando, creando y destruyendo, disgustándonos y alegrándonos, amigándonos y enfrentándonos.

Nada de ello sería posible sin la incerteza, sin el no saber cuándo, dónde ni cómo llegará nuestro final. La consciencia de nuestra muerte nos hace seres únicos por encima de cualquier otro ser vivo que carece de ella y que solo sobrevive a base de instintos. El ser humano es el único capaz de saber que su existencia posee un final y, a pesar de ello, no solo no dejarse ir, sino contribuir y pelear por y para el progreso. Todo gracias al no saber que nos lleva a actuar como inmortales, aun siendo mortales.

En este equilibrio débil que nos procuramos entre la consciencia y certeza de la muerte, y la incerteza de la fecha en que nos sobrevendrá que nos invita a ignorar ese final y a actuar como inmortales, el paso del tiempo deja de ser vivido como una cuenta atrás angustiosa, y se transforma en futuro, en porvenir, al que otorgamos un sentido de lugar deseable al que se anhela llegar, a pesar de que la realidad subyacente es que cada minuto que pasa nos encontramos más cerca de ese final.

Consciencia e inconsciencia, certeza e incerteza, muerte e inmortalidad anidan en nosotros en una fina y casi imperceptible armonía, un contrapeso que debe ser siempre vigilado pues si nos alojamos en lo siempre cierto de la muerte segura, nos sumergiremos en el peligro de la vida absurda y el sinsentido, y si ignoramos nuestro final como si fuéramos inmortales, nos dejaremos llevar por una existencia banal y superflua que tiende a la autodestrucción. Quizás la vida plena sea actuar como inmortales que saben que poseen su fecha de caducidad.

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