Contradicción y virtud

ÓSCAR FAJARDO

Soy coherente porque me contradigo. Este aserto, que aparenta una contradicción en sí misma, es solo eso, aparente contradicción. La naturaleza humana es contradicción en estado puro y nuestra existencia, si es significativa, es un vaivén constante en busca de un adecuado equilibrio entre nuestras propias contradicciones. Ser coherente con la propia naturaleza humana es ser contradictorio.

Vida y muerte, renovación y conservación, instinto y razón, consciencia e inconsciencia, esencia y existencia, libertad y sumisión… Estas y otras muchas pulsiones están presentes en todo ser humano que se precie. No escribo un ‘o’ entre nuestras contradicciones, sino un ‘y’ puesto que tanto un polo como el otro nos acompañan continuamente, y es nuestro trabajo vital fundamental depurar nuestra posición entre todas esas contradicciones, entre todos esos extremos que están con nosotros. No en vano es la virtud aristotélica ese trabajo, la búsqueda de ese equilibrio entre esas contradicciones que siempre están acechándonos. Ningún extremo en sí es enteramente positivo puesto que conlleva una excesiva carga de algo. Mucha libertad nos conduce al libertinaje y al descontrol que nos destruye como sociedad y como individuos, pero mucha sumisión anula nuestra individualidad y nuestra posibilidad de ser nosotros mismos, de conseguir ser nuestra mejor posibilidad.

Por eso, es imposible acercarse a la virtud sin antes no reconocernos contradictorios como seres humanos. Solo quien reconoce y conoce sus contradicciones puede iniciar el camino de la virtud. La virtud supone la asunción de una naturaleza contradictoria y la decisión de situarse en un lugar entre esas contradicciones. Pero si no hay extremos, si no hay reconocimiento de su existencia, entonces resulta absolutamente imposible situarse en algún lugar entre ellos.

Quien vive sin conciencia de sus contradicciones es improbable que muestre ningún tipo de virtuosismo porque la virtud es ocupar un lugar entre dos extremos de una escala. Sin esos extremos, no hay ya posición que tomar entre ellos.

Esta es una circunstancia que hoy se sucede a lomos de una invocación exagerada a la coherencia. Resulta extraño que un mundo tan líquido, como diría Bauman, donde todo es tan provisional y el cambio es nuestra forma de vivir, invoque con tanta profusión a la coherencia. Quizás más bien sea precisamente por esa liquidez excesiva por la que la coherencia es un bien tan apreciado. Pero el problema no es dicha apreciación, sino la errónea identificación de la coherencia con la consistencia, y de la igualación de esa consistencia con la inmovilidad en las posiciones, con la inadmisión de la contradicción del ser humano.

Ser contradictorio y mostrarse así al mundo es interpretado por la sociedad de nuestros días como un síntoma de incoherencia e inconsistencia. Mantenerse firme en la posición que en un momento fue ocupada es ser coherente, confiable y consistente. El cambio, tan alabado y adorado, es en este caso todo lo contrario, denostado y criticado. Lo que ayer pensabas, lo que ayer decías, lo que ayer escribías se convierte, en esta sociedad líquida que presume de valorar lo adaptable y lo flexible, en piedra filosofal de ti mismo, y contradecirte en esa piedra filosofal es tu condena.

La coherencia así entendida como consistencia, como mantenerse siempre en una misma posición, genera respeto incluso entre quienes no comparten posiciones. Pensamos que, aunque no estemos de acuerdo, al menos dicha persona es coherente porque nunca se traiciona a sí mismo ni a sus posiciones.

Sin embargo, esa forma de alabar la coherencia e identificarla con la negación de las contradicciones nos hace seres poco o nada virtuosos. La coherencia así entendida no divisa ya dos polos, dos realidades entre las que el ser humano se mueve y circula, por lo tanto, le es inviable encontrar las referencias que le hagan situarse en un lugar equilibrado.

Pero como nos resulta imposible aceptar la vida sin virtud, ya no consideramos lo virtuoso como esa visión aristotélica del equilibrio entre los extremos, sino como la consistencia y la coherencia con la posición tomada en algún momento. Creemos más virtuoso al que decimos fiel a sus ideas que al que duda de ellas, se contradice y busca un punto medio entre ellas.

Alabamos el pensamiento crítico como fundamental para desenvolvernos en este ambiente de intoxicación informativa, para tener un criterio propio, pero ¿qué es tener un criterio propio sino reconocer nuestras contradicciones, nuestros polos extremos, y tomar una posición equilibrada entre ellos?

No hay mayor ejercicio de coherencia que ser fiel a nuestra propia naturaleza, y eso implica reconocerse seres contradictorios, aceptarlo y buscar nuestra posición y equilibrio virtuoso entre dichas contradicciones y extremos. Somos coherentes porque nos contradecimos.

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