Derecho a la vida vs. Ganarse la vida

ÓSCAR FAJARDO

Hay cosas que coexisten, aunque cuadren mal. Como una especie de guerra de los Rose, pero sin guerra, dividen su casa en dos partes y, aunque no se avengan, coexisten, que no conviven, puesto que la convivencia implica una vivencia conjunta, un territorio, tiempo y materia compartidos que la coexistencia no reclama. Dos cosas pueden existir y ser incompatibles, simplemente basta con que no se encuentren, que se hallen en dependencias separadas, como si una no conociera a la otra.

Algo así sucede con el derecho a la vida y el ‘ganarse la vida’, dos aspectos totalmente instalados en nuestra sociedad actual, que coexisten pero que no conviven.

Todos aceptamos, tal y como lo hace la Declaración Universal de Derechos Humanos, que por el hecho de nacer y ser personas, tenemos derecho a la vida. Esto supone que la vida no solo es un acontecimiento natural, un nacer, ser y estar vivos, sino una cuestión normativa y legal que obliga a estados, instituciones, administraciones, entidades y demás artificios sociales y legislativos a garantizar y preservar la vida digna de todos y cada uno de nosotros.

A su vez, en otra estancia de nuestra cosa social, sin entrar en guerra ni en condominios con el derecho, coexiste la arraigada cultura del ‘ganarse la vida’. Un ‘ganarse la vida’ que no refiere al trabajo que cualquier ser vivo ha de realizar para su subsistencia (preservar su salud y lograr su alimento), sino que obedece a una idea de plegarse a las tareas y obligaciones que el sistema productivo de turno nos proponga para ser remunerados (más o menos adecuadamente) y poder vivir. En esta estancia, que es donde pasamos casi toda nuestra existencia, traspapelamos ese derecho a la vida, olvidamos que la vida se tiene de por sí, que no ha de ganarse, y que ha de ser preservada, no solo por los esfuerzos de uno mismo, sino también por el trabajo de las instituciones y la sociedad y entidades de las que nos rodeamos.

Instalados en esa idea perversa de la vida como algo que ha de ganarse, nos introducimos en una espiral mercantilista en la que entran a jugar conceptos como el valor económico, la productividad, la competitividad, la visibilidad, la imagen proyectada, la facilidad de venderse y otra serie de aspectos, pero con la diferencia de que, de súbito, somos las personas las que nos convertimos en producto, dejamos de ser sujetos para transformarnos en objetos, y como tales objetos, ya no tenemos derecho puesto que el derecho refiere a sujetos y no a objetos.

En esa estancia pervertida donde la vida no es un derecho sino algo que se gana y por lo que se lucha con otros como en una jungla, la forma de relacionarnos es cada vez más ruda porque cada vez es más competitiva. La manera en la que existimos es meramente instrumental, como corresponde a un objeto, lo que supone transfigurarnos en seres incapaces de pensarse, de tener posibilidad y capacidad de elección sobre el propio destino. La sensación con la que nos amanecemos todos los días es la de estar cada vez más separados de nosotros mismos y de los demás, la percepción de vivir instalados en la ajenidad, en existir en un espacio donde todo nos parece extraño y lejano.

Ese ‘ganarse la vida’ que habita de espaldas al derecho a la vida nos obliga a plegarnos a las demandas de turno del sistema productivo y a aceptar cualquier trabajo, por muy alienante que nos parezca. No podemos permitirnos perder puesto que perder es perder la vida, nuestro bien más preciado. En esa dinámica, sacrificar la posibilidad de ser nosotros mismos parece poco frente a perder la propia vida. Pero, en ese mundo loco de ‘ganarse la vida’ donde aceptamos cualquier trabajo y condición, y olvidamos nuestro derecho a ella, donde no recordamos que la vida la tenemos de por sí, por derecho, que no hay que ganarla, creyendo que nos ganamos la vida, la estamos perdiendo a borbotones. Por eso es necesario cambiar de estancia, instalarnos en aquella que nos recuerda que todos, por el hecho de ser nacidos y ser humanos, tenemos derecho a la vida, no necesitamos ganárnosla. Hemos de volver a ser sujetos de reflexión, no objetos de producción.

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